viernes, 26 de noviembre de 2010

Pasión por la oftalmología

"Hay que cambiar la mentalidad”, explicó el doctor Hugo Daniel Nano, Presidente de la comisión de Banco de ojos de la provincia de Buenos Aires y realizador de un complejo de clínicas oftalmológicas que incluyen rehabilitación de pacientes y formación de profesionales. Habló de la preocupante situación en torno al tiempo de espera para conseguir un transplante de córnea y de los obstáculos presentes en la sociedad y el Estado para resolver el problema.
Con el cuadro de Rembrandt “La lección de anatomía” como referencia permanente en la pared de su consultorio el oftalmólogo, de 81 años, recordó sus comienzos en Estados Unidos, sus viajes por Rusia y la India aprendiendo novedosas técnicas para curar la vista y el largo camino que lo llevó a comprometerse con la comunidad, especialmente con San miguel. Su pasión por la ciencia lo llevó a crear una fundación de prevención y rehabilitación de la ceguera bajo la convicción de no abandonar al paciente.

¿Qué lo lleva a seguir investigando?

La principal preocupación que tengo en este momento es la demora en la espera para los transplantes de córnea. Las personas no han tomado conciencia de la importancia de la donación de órganos. Según el CUCAIBA, hay una lista de espera de 8 años en la provincia de Buenos Aires y 5000 personas en lista de espera. Los tejidos se traen de Estados Unidos y en una época se traían de Colombia, Bolivia y Perú.


¿Qué tendría que cambiar para revertir esa demora?

Hay que cambiar la mentalidad. La gente tiene que entender que el cadáver es el depósito, pero no es el ser humano. Allí estuvo el ser querido pero ya no está más.

¿Qué políticas sanitarias debería realizar el Estado?

La gente no le quiere donar nada al Estado. Solo debería regular. Pensemos que en San Miguel se mueren 3 o 4 NN por mes, pero está mal organizado el procedimiento y mal hecha la ley.

¿Qué tarea se realiza en la fundación?

Dentro de la fundación hay un espacio de rehabilitación e integración para no videntes. En ella los pacientes ciegos comparten deportes y actividades artísticas con otros de visión disminuida y sin trastornas visuales. A la persona ciega hay que seguirla atendiendo, esa es la filosofía. Vienen a los eventos 100 escuelas de todo el país y a todo el mundo se les da una medalla.

¿Cómo lo acompaña su familia?

Mi mujer es especialista en estrabismo, hoy trabaja más que yo. Vivimos mucho tiempo acá, en la clínica, y los médicos ya formaba parte de nuestra familia. Tengo tres hijos, María Eugenia es antropóloga y master en salud pública además me ayuda con todos los estudios, Adriana canta, fue dos veces nominada al Grammi y mi otro hijo, Hugo Daniel, también es oftalmólogo pero quiso hacer su camino solo y se fue a Capital. Además tengo 14 nietos y 12 bisnietos.


¿Cómo hizo para plasmar ese aprendizaje en nuestro país?

Cuando volví de Estados Unidos, donde fui investigador asistente en la universidad de Cornell, me incorporé como jefe de la sección retina del Hospital de Clínicas, allí hice el profesorado. Tengo espíritu gregario y no podía trabajar solo entonces forme un equipo de oftalmólogos.

¿Qué experiencia le dejó la India?

Viajé para realizar operaciones de cataratas e implantes intraoculares y así tratar el problema de la “ceguera innecesaria” que allá es muy frecuente. Antes había conocido en Inglaterra a Harnol Ridley quien desarrolló una técnica observando las esquirlas de plástico de los aviones ingleses cuando estallaban, este tipo se dio cuenta de que los soldados salían con los ojos ilesos y creo el lente intraocular con ese material. Luego me perfeccioné en la Unión Soviética, era la época del comunismo y nos retuvieron los pasaportes hasta la partida.

¿Qué debe tener un buen oftalmólogo?

Siempre les digo a mis alumnos, no hay ojos enfermos, hay seres humanos enfermos de los ojos. La especialidad no tiene tanta importancia como la empatía. El médico debe tener la necesidad de hacer contacto con la gente.

¿Qué lugar ocupa la oftalmología en su vida?

Es mi hobby. Hoy llegué a las 7 y media para recorrer las tres clínicas. Como decía un amigo de mi padre que era medio filósofo, hay que logar que hasta el zapatero haga su trabajo cantando, si se vuelve obligación ya no sirve.


Carla Simioni

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