“Hace 18 años que empezó mi vía crucis”, señala Pedro Serra, al momento en el que le detectaron queratocono. Y agrega: “Tenía tan sólo 17 años y usaba anteojos desde los 13”.
Pedro, desde su sillón, asegura que le tiene miedo a la operación. “La primera impresión que tuve fue que me iba a quedar ciego y solo tenia dos opciones: investigar qué era o llorar. Opté por la primera, y busqué los primeros datos en Internet”, dice.
Él es artesano. Todos los días se levanta a las 6 de la mañana a desayunar y, aunque le cueste ver con claridad, intenta leer el diario. A pesar de que su visión esté muy reducida, no ha querido realizarse transplantes para solucionar su problema.
"Cambie lentes de todo tipo, al menos unas 60 veces. Tengo anteojos para casi todas las actividades", señala, y advierte que cada vez que va al oftalmólogo debe indicarle que sin lentes es prácticamente invidente porque solo ve sombras y colores borrosos. La decisión de no operarse lo obligó a tomar recaudos, ya que el queratocono es una enfermedad crónica degenerativa que no tiene cura, y solo se puede detener en algún momento de la vida, que desde la ciencia no se puede especificar, aunque el rango oscila entre los 30 y los 40 años.
”La detección es por medio de un examen, en el cual como primera medida recetan lentes de contacto rígidos que si no están bien ajustados pueden causar mas daño de lo que pueden ayudar”, analiza Pedro. Además, cuenta que sabe que la adaptación a cualquier lente siempre es difícil, y apunta: "Una vez que me recetan una graduación me mando a hacer 2 o 3 juegos de anteojos y guardo mis recetas. Más o menos me duran un año y después es el mismo tratamiento”.
Una vez al año se atiende con un medico oftalmólogo, al que describe como “reconocido y muy caro”, para que le haga todos los exámenes y le de su opinión. En síntesis de su experiencia, concluye: “Así han sido todos estos años porque no me quise operar. Con anteojos manejo, hago natación, y toda mi vida la veo a través de ellos. Eso si, veo muy mal pero se que es por una decisión mía”.
Yamila Obregón
Un análisis periodístico sobre la espera para transplantes de córneas en Argentina en relación con las esperas menores a un año del resto del mundo.
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viernes, 26 de noviembre de 2010
"Es impensable que una operación tan sencilla tenga tanta espera"
“Tomar la decisión de operarme no me costó demasiado. El avance de la enfermedad volvió a la situación bastante insoportable”, analiza Juan Francisco Fiant los motivos que lo llevaron a decidir realizarse el transplante de cornea para mejorar las condiciones de su vista y también de su vida.
Juan Francisco tiene 61 años y es subgerente administrativo en una empresa alimenticia, el mismo cargo que ocupaba al momento de realizarse la operación en el año 1994, en la Clínica de la Visión. El queratocono que afectó sus ojos dificultaba mucho su desempeño laboral, hecho que facilitó tener que someterse a la cirugía.
“Hace 16 años la lista de espera no era tan extensa. Sólo tuve que esperar unos meses”, recuerda. De todas formas, antes de realizarse la operación, consultó a varios especialistas, a fin de obtener un diagnóstico preciso.
“La cornea injertada no se deforma, pero adquiere cierta rugosidad. Aunque no mejora completamente, el cambio es realmente notable”, asegura Juan Francisco, mientras se acomoda los anteojos que, según él, ayudaron a que su vista alcance el 80 por ciento de su nivel.
Las recomendaciones usuales para el post operatorio indican que no se pueden realizar esfuerzos, debe evitar frotarse los ojos y cuidarlos de los golpes. Al no tener irrigación sanguínea, la cicatrización se vuelve más lenta, pero el rechazo al transplante disminuye considerablemente.
“Las listas de espera del INCUCAI son enormes. La falta de políticas claras colabora con que falten donantes”, sostiene Juan, y reafirma que esa mala información que recibe la gente sienta prejuicios a la hora de donar. “Es impensable que una operación tan sencilla como el transplante de corneas tenga una de las listas de espera más voluminosa.”
Facundo Martín
Juan Francisco tiene 61 años y es subgerente administrativo en una empresa alimenticia, el mismo cargo que ocupaba al momento de realizarse la operación en el año 1994, en la Clínica de la Visión. El queratocono que afectó sus ojos dificultaba mucho su desempeño laboral, hecho que facilitó tener que someterse a la cirugía.
“Hace 16 años la lista de espera no era tan extensa. Sólo tuve que esperar unos meses”, recuerda. De todas formas, antes de realizarse la operación, consultó a varios especialistas, a fin de obtener un diagnóstico preciso.
“La cornea injertada no se deforma, pero adquiere cierta rugosidad. Aunque no mejora completamente, el cambio es realmente notable”, asegura Juan Francisco, mientras se acomoda los anteojos que, según él, ayudaron a que su vista alcance el 80 por ciento de su nivel.
Las recomendaciones usuales para el post operatorio indican que no se pueden realizar esfuerzos, debe evitar frotarse los ojos y cuidarlos de los golpes. Al no tener irrigación sanguínea, la cicatrización se vuelve más lenta, pero el rechazo al transplante disminuye considerablemente.
“Las listas de espera del INCUCAI son enormes. La falta de políticas claras colabora con que falten donantes”, sostiene Juan, y reafirma que esa mala información que recibe la gente sienta prejuicios a la hora de donar. “Es impensable que una operación tan sencilla como el transplante de corneas tenga una de las listas de espera más voluminosa.”
Facundo Martín
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